Planeta Cereza

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viernes, 27 de enero de 2017

Recetas "de libro": Bizcocho de pistachos





A la persona para la que he horneado este bizcocho le encantan los pistachos y le encanta el color verde. Podría decir que le gustan por igual. También le chifla el queso, cualquier queso, y esto casi que por encima de las otras dos cosas. Dentro de unos días, esta persona, personita, cumple 12 años y por ello fue que empecé hace poco a buscar, entre mis recetarios, una tarta de queso diferente donde poner y soplar las velas de tan importante y señalada cifra (¡¡ que ya es mayor !!) aunque yo sé que, en el fondo, la que él prefiere es la tarta de quesitos que le suelo hacer todos los años por su cumpleaños. 






De entre todos los libros de cocina que tengo en mis estanterías, y entre todas las recetas que están publicadas en sus páginas, necesitaba encontrar una receta especial, para una ocasión especial y para una persona especial, y aun sabiendo que al final acabaré por hacer irremediablemente la tarta de quesitos u otra cualquiera, de queso eso sí, me fijé en un libro muy bonito que tengo, con un mensaje sugerente en su portada, y me llamó la atención una receta que encontré dentro, que no es ni una tarta de queso ni una tarta de queso con pistachos, esto hubiera sido "lo más", sino un bizcocho, y pensé en él como en algo así como un adelanto, para ir abriendo boca. 

Cuando voy al supermercado, de vez en cuando compro alguna bolsa de pistachos ecológicos para "tener", al igual que ocurre con algunos otros snacks o frutos secos, por si se tercia tomar un piscolabis, por si viene alguien a casa o por si decidimos pasar una tarde de "gocheo" frente a la televisión viendo alguna película. Esta personita a la que le gustan los pistachos, el color verde y el queso, aparte de tener ya muchos años tiene también una carácter muy persistente:


      - Mami, ¿ puedo abrir esta bolsa de pistachos ?
      - NO.
      - Mami, ¿ puedo abrir esta bolsa de pistachos ?
      - NOO.
      - Mami, ¿ puedo abrir esta bolsa de pistachos ?
      - QUE NO !!
      - Pero, ¿ por qué no?
      - Pues porque no.


Y no es porque me tuviera ya un día muy harta, que también, sino porque por mi cabeza ya rondaba la idea de hornear el bizcocho, que la otra tarde cogí y le dije: "anda, abre la bolsa de pistachos que voy a hacerte algo que te va a gustar". Y le ha gustado. Y a mí, y a todos.






Dice en su contraportada el libro del cual he sacado la receta de este bizcocho de pistachos, "Cake Days, Recetas para hacer que cada día sea especial", que algunos días están hechos para disfrutar de un pastel, y realmente hay días como el de hoy, en los que tengo casi una necesidad imperiosa de llevarme algo dulce a la boca, que pienso que estoy totalmente de acuerdo. Los pasteles y bizcochos de "The Hummingbird Bakery", la pastelería londinense que ha editado este libro donde se recogen muchas de sus famosas creaciones, son coloridos y según cuentan deliciosos. Yo los he visto, sí, a través de las cristaleras de uno de sus establecimientos en Londres, el primero que abrió en el barrio de Notting Hill, su propietario, el antiguo periodista de televisión Tarek Malouf, quien apostó por comercializar en Reino Unido pasteles de estilo americano, idea que se le ocurrió durante su estancia en una universidad en Estados Unidos. Pero, aunque los he visto, no los he probado. A pesar de estar en la mismísima puerta de esta conocida bakery, me acuerdo perfectamente por sus atractivos colores rosa y marrón, y por sus mostradores repletos de postres, no pasé. No debía ser uno de esos días en los que me quería llevar algo dulce a la boca, o tenía prisa por ver los tenderetes del mercadillo de Portobello, o por tomarme una cerveza, o porque no conocía el libro, o me interesaba más buscar la librería donde Hugh Grant se ligó a Julia Robers en la película que lleva el mismo nombre que el barrio... a saber. Ahora bien, una vez probada una de sus recetas, si vuelvo, prometo hacerlo.








El bizcocho es sencillo de realizar, vistoso y tiene una pinta estupenda. Está muy rico, puedo decirlo porque ahora que estoy redactando, el bizcocho ya ha desaparecido y yo he contribuido a hacerlo desaparecer. Para mi gusto está muy dulce, no solo por el glaseado que lleva por encima, y creo que esto le resta algo de sabor a los pistachos a a pesar de que lleva muchos, por dentro y por fuera. Pero bueno, esto es solo una apreciación y me ocurre con muchas recetas, que pienso que llevan azúcar en exceso. Uno de los consejos sobre repostería que da The Hummingbird Bakery es que, según ellos, la cocción es una reacción química, y experimentar con las cantidades de la receta potencialmente puede causar un fallo en la receta. Yo me voy a arriesgar y al próximo le echo menos.

Me gusta también mucho su textura, tanto por la esponjosidad de la masa como por los pequeños tropezones de pistachos que se reparten por toda ella y que le proporcionan un sabor y un color sin igual. Me atrevo a decir que los pistachos son lo mejor de la receta, siempre y cuando te gusten, porque el bizcocho es realmente básico (es como un bizcocho "cuatro cuartos", cuatro ingredientes a partes iguales) y en las fotos salen muy favorecidos con ese color verde tan especial. Las fotos que he hecho esta vez no son "muy allá". Como un bizcocho dura menos en mi casa que un caramelo a la puerta de un colegio, hice rápidamente unas cuantas con el teléfono móvil porque estaban precisamente volviendo del colegio y a punto de verlo y devorarlo. Mi teléfono no hace fotos malas, a menos que te empeñes, pero este bizcocho está tan bueno que bien se merecía que me hubiese molestado en sacar la cámara buena, ajustar unos cuantos parámetros o ajustes y haber hecho unas fotos en condiciones. También para el próximo !!







BIZCOCHO DE PISTACHOS.

Ingredientes:

- 3 huevos grandes (peso alrededor de 190 gramos)
- 190 gramos de harina
- 190 gramos de azúcar
- 190 gramos de mantequilla sin sal
- 25 ml de nata o crema agria 
- 1 cucharadita de postre de levadura en polvo
- un 1/4 de cucharadita de sal
- 1 cucharadita de postre de aroma de vainilla
- 100 gramos de pistachos picados

- mantequilla y harina para engrasar el molde

- 150 gramos de azúcar glass y 2 cucharadas de agua para el glaseado blanco
- pistachos molidos o muy picados para decorar








Preparación:

1. En un bol ponemos la mantequilla un poco reblandecida junto con el azúcar y lo batimos bien con la batidora eléctrica de varillas durante por lo menos 5 minutos, para conseguir una crema ligera y para que suba bien la masa.

2. Se van añadiendo los huevos de uno en uno mientras se sigue batiendo. Al pesar los 3 huevos me ha dado como resultado 194 gramos. Este bizcocho es como el tradicional cuatro cuartos bretón (quatre quarts). A más peso de los huevos se puede añadir el mismo peso de los otros ingredientes.

3. Tamizar la harina, y junto con la levadura y la sal, incorporarla a la crema en dos o tres tandas primero ir removiendo a mano con la espátula y luego dar un pequeño toque con la batidora a menor velocidad.

4. Añadir la nata agria (se puede sustituir por buttermilk o yogur griego) y el aroma de vainilla. Remover.

5. Finalmente añadir los pistachos picados e integrarlos bien.

6. Verter la masa en un molde rectangular mediano engrasado con mantequilla y espolvoreado con un poco de harina. Hornear durante 50/60 minutos (yo lo dejé 55) a 170 grados en el horno precalentado.

7. Sacar del horno, dejar enfriar un rato y desmoldar. Enfriar del todo en una rejilla y decorar con el glaseado que haremos mezclando el azúcar glass con el agua ajustando su consistencia según se prefiera añadiendo más agua si se quiere más líquida o más azúcar para espesar. Me gustan muy poco los glaseados, más bien casi nada y menos los espesos, por lo que suelo dejarlos algo líquidos y chorretosos. 

8. Espolvorear los pistachos molidos por la superficie.






CAKE DAYS. Recetas para hacer que cada día sea especial.
THE HUMMINGBIRD BAKERY

Autor: Tarek Malouf
Editorial: Acanto. 
Primera edición: octubre 2013
ISBN: 2065109866122
256 páginas
Tapa dura.
Precio: 6 - 18 euros




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lunes, 16 de enero de 2017

Rincones. El Faro de Moncloa







Esta es la primera vez que escribo en la sección "Rincones" sobre un lugar que nada tiene ver con la palabra rincón en ninguna de sus acepciones. Este lugar, que acabo de visitar durante las vacaciones de Navidad, no es ni ángulo ni esquina, todo lo contrario, es una estructura metálica visitable que se extiende en altura sin límite de espacio, más que el impuesto, y no la delimita el encuentro de ninguna superficie. Tampoco es un lugar apartado, sino que se ubica en el centro de Madrid, bueno más concretamente al noroeste, en lo que se conoce como la Ciudad Universitaria; no es precisamente pequeño y no se habita de ningún modo en él, sino que se pasa dentro un breve espacio de tiempo limitado, el suficiente para obtener una excelente visión panorámica de gran parte de la ciudad "desde arriba".

Esta "Torre de Iluminación y Comunicaciones" del Ayuntamiento de Madrid que veis en las fotografías y que muchos de los que vivís en la capital conoceréis aunque solo sea por fuera, fue diseñada por el arquitecto madrileño Salvador Pérez Arroyo para conmemorar la elección de Madrid como Capital Europea de la Cultura en 1992 y es conocida por todos como el Faro de Moncloa, un faro sin costa, sin navegantes y sin nadie a quien guiar ni iluminar en la oscuridad de la noche, como se pretendió en su origen.

El Faro de Moncloa no es un lugar muy concurrido, ni muy conocido y casi, me atrevo a decir, ni muy querido ni entendido por los madrileños. Nunca se convirtió, como era la idea inicial, ni en icono ni en emblema ni en símbolo de Madrid, quizá porque nunca cumplió la función para la que se construyó y además estuvo 10 años cerrado por motivos de seguridad tras los cuales fue recuperado y renovado en 2015 para "dar a los madrileños un recurso turístico absolutamente atractivo", sin prácticamente otro uso actualmente. Pero a mí esta torre-mirador, que visité un par de veces en sus comienzos y que ahora vuelvo a visitar acompañada de mis hijos, me gusta bastante y me parece un sitio curioso e interesante y muy "chulo", por ponerle algún adjetivo así propiamente madrileño. Una visita al Faro de Moncloa me resulta un plan ideal cualquier fin de semana, o como en este caso en vacaciones de Navidad, para acercarse a echar un vistazo, echar unas cuantas fotos y disfrutar Madrid desde las alturas.





Hace apenas un mes, Madrid se levantaba una mañana cubierta por un gran manto blanco de niebla densa que cubría toda la ciudad, y su vez, los madrileños nos levantábamos sorprendidos y rodeados por unas fascinantes fotografías, difundidas en las redes sociales y medios, de nuestra ciudad cubierta por un mar de nubes blanco del que sobresalían los pisos superiores de Las Cuatro Torres, y disfrutando por otra parte, como no, de tan bellas imágenes. Un espectáculo precioso, sin duda debe serlo, poder contemplar desde lo alto de estos rascacielos de tan impresionante panorámica. En un día así con una niebla tan espesa, no se vería mucho desde el mirador del faro, incluso aunque es una torre alta de 110 metros creo que habría quedado por debajo del mar de nubes, pues su altura es aproximadamente la mitad de la de estos cuatro rascacielos, pero en un día claro y soleado como los que estamos teniendo este invierno, se puede ver mucho Madrid. Y Madrid es famosa, entre otras muchas cosas, por sus tejados y azoteas (los de la proximidades al faro se ven con mucha claridad) también por las buhardillas, terrazas y esculturas de edificios históricos o emblemáticos que a veces nos perdemos cuando nos perdemos paseando por la ciudad sin levantar la vista al cielo. A los madrileños nos encantan nuestros tejados, que tienen un encanto especial (por algo nos llaman "gatos" aunque este apelativo no sea por recorrer estos y saltar de uno a otro, sino que venga del tiempo en el que Madrid era Mayrit) y alguno de nosotros, no sé si muchos pero al menos yo, aprovechamos en ocasiones los días claros para subirnos a cualquier sitio y poder otear la ciudad desde lo más alto. hay bastantes oportunidades en la ciudad para hacerlo.













De todos los rascacielos y torres que conforman el skyline madrileño, o incluso de algunos otros edificios que ofrecen increíbles vistas de la metrópoli, puedo decir que solo he subido a una mínima parte de ellos: el Círculo de Bellas Artes, el Museo Reina Sofía, la Torre de Madrid de la calle Princesa, el Gourmet Experience de la Plaza de Callao, tres o cuatro terrazas de moda... así que recuerde, quizá algún otro, pero hay muchísimos más: el Pirulí, las Cuatro Torres, la Torre de Colón, la Torre Picasso, Torre Europa, el Edificio BBVA, también el desaparecido Edificio Windsor, que se quemó el día en que nació Pablo, a quien veis en alguna de las fotos, y tras lo cual se cerró el faro, no porque él naciese, claro está, sino porque se revisaron las normas de seguridad y accesibilidad de muchos edificios tras este incendio y el Faro incumplía algunas. Muchas de estas construcciones, que se pueden divisar desde muchos puntos de la ciudad, se pueden ver también desde el Faro de Moncloa a través de las cristaleras de su mirador ya que este ofrece una panorámica única y unas vistas privilegiadas. Merece la pena realmente coger el ascensor y comprobarlo. En tan solo 50 segundos se sube hasta este mirador, con forma de platillo volante, que se encuentra a 92 metros de altura. No es la construcción más alta de Madrid, como he dicho tiene 110 metros de altura, pero desde aquí se puede ver bien las vistas más próximas del Distrito Moncloa-Aravaca y el entramado de sus calles, la expansión de la ciudad de norte a sur,  el Parque del Oeste, la Casa de Campo, sus torres más altas, algunos de los monumentos más significativos de Madrid, el Palacio Real, la Catedral de la Almudena ... y en días muy claros, zonas más lejanas de la sierra de Madrid con una perspectiva de hasta 100 kilómetros a la redonda. En la visita al mirador se pueden encontrar paneles informativos con la reproducción gráfica y ubicación de estos.




















Espero que os gusten las fotografías, que no superan a las vistas que ofrece el Faro, pero bueno, es mucho mejor subir y verlo.







FARO DE MONCLOA

Avenida Arco de la Victoria , 2
28040 - Madrid

Teléfono
915501251
faromoncloa@esmadrid.com
Metro: Moncloa (L3, L6)
Autobús: 44, 46, 82, 83, 132, 133, 160, 162, A, G

Precio:
3 euros (1,5 euros para niños entre 7 y 14 años, desempleados, mayores de 65 años, personas con discapacidad y su acompañante. Gratis para niños hasta 6 años incluido). Las entradas pueden adquirirse en el vestíbulo principal del faro o por compra online.

Horario:
-Mar-Dom: 09:30-20:00 h. Lunes (salvo aperturas especiales) cerrado. 
-Lunes (salvo aperturas especiales) CERRADO.

Importante:
- Entrada general con visita libre y una duración máxima de 30 minutos (último acceso a las 19:30). Las entradas se adquieren en el vestíbulo principal u online y están asociadas a una hora fija.

- El acceso al mirador del Faro estará siempre sujeto a las limitaciones de aforo del mismo.

- Punto de Información turística Faro de Moncloa: Situado en la base del Faro.
Abierto los 365 días del año: de 09:30 a 20:30 horas (información general sobre la ciudad de Madrid, su agenda de ocio, y los productos y servicios que el Ayuntamiento de Madrid pone a disposición del viajero como su tarjeta turística Madrid Card o el autobús turístico Madrid City Tour).







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sábado, 24 de diciembre de 2016

Feliz Navidad !!







Ufff... este año me pilla la Navidad un poco desorganizada: el árbol sin poner aún y con un montón de bolas artesanas que he hecho estos días con mucha paciencia y amor. Cinco minutos siempre tengo para hacerlas una foto, componer un apaño rápido para la felicitación de este año y desearos desde mi corazón unas Felices Fiestas a todos. Disfrutad !!


¡¡ FELIZ NAVIDAD !!




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viernes, 2 de diciembre de 2016

Sorolla en París







Llevar a mi hijo al colegio, desayunar un cruasán en mi bakery preferida, visitar un par de exposiciones de arte, dar un paseo bien abrigada por el centro de Madrid...  un plan perfecto para una mañana lluviosa de otoño. Esto fue lo que hice un día concreto de la semana pasada para agotar uno de esos "días de asuntos propios" que hay que gastar antes de final de año. Era jornada laborable pero había pedido el día libre. Viernes, el viernes del Black Friday, un día que han sacado de la manga, no sé quién, para arruinarnos antes de tiempo. Casi la totalidad de las tiendas por las que pasé tenían grandes descuentos. No voy a decir que no piqué con algo: un libro con el mínimo descuento y mi perfume con una grandísima rebaja. ¡¡ Qué suerte lo segundo y que pena lo primero !! Pero en vez de ir a la caza del mejor chollo, como el asunto era propio, el día lo reservé principalmente para visitar la gran exposición del pintor Joaquín Sorolla que se había inaugurado el día antes. Las tiendas abarrotadas y los museos (casi) vacíos. Normal. No esperaba otra cosa en un día así.

No llevaba mi cámara  de fotos porque llovía y no sabía con exactitud si permitían hacer fotos en el interior del museo, hacía unos años que no lo frecuentaba, y también, después de esta, tenía pensado visitar alguna otra muestra, una exposición de fotografía de la naturaleza y si me daba tiempo aun otra más, tomar un aperitivo en alguna taberna chula y acabar comiendo en mi espacio gourmet preferido viendo caer la lluvia sobre Madrid desde el ventanal de una novena planta. ¡¡ Por no cargar todo el día con ella... !! que al final pesa. Así que las fotografías que publico aquí de la exposición "Sorolla en París" están tomadas con mi teléfono móvil y están muy lejos de reflejar la luminosidad y la genialidad del pintor valenciano, lo que realmente vi, además mi mirada fotográfica, con una o con otra, en nada es comparable a la mirada fotográfica del pintor que le valió parte de su éxito. El también valenciano escritor Vicente Blasco Ibáñez, tras visitar una exposición de su amigo Sorolla, escribió en 1897 en una crónica publicada en El Pueblo, Diario Republicano de Valencia, publicación que él mismo fundó: "Aquello no es un cuadro, es la realidad." (aunque el propio Sorolla pensase que nunca podría plasmar la luz del Sol como realmente es, que tan solo podía acercarse a la realidad) y siguió con esa frase, tan repetida por significativa, que incluso se puede leer en un panel de la muestra: "…Aquello no es pintar: es robar a la Naturaleza la luz y los colores”.














Antes de llegar a Madrid, la muestra Sorolla en París ha sido exibida en Munich y Giverny ya que esta ha sido coproducida por los museos Kunsthalle de Munich, el Musée des Impressionnismes de Giverny y el Museo Sorolla de Madrid y ha recibido, en estas dos primeras sedes, en torno a los 350.000 visitantes, con gran éxito de crítica y público, lo que demuestra el claro interés que suscitado en estos países, Alemania y Francia, la primera exposición monográfica sobre Joaquín Sorolla que se ha realizado desde las llevadas a cabo por el propio artista en 1906 y 1907. Sorolla fue un pintor con una clara vocación internacional y cosmopolita. Desde sus comienzos quiso convertirse en un pintor internacional, se consideraba una persona adelantada y con ansias personales de superación. Con 23 años visita París con el también pintor Pedro Gil y se siente deslumbrado desde el principio por el naturalismo pictórico y el ambiente artístico que allí ve. Empieza abandonar el academicismo inicial de su obra, a conocer las vanguardias y a entablar relaciones con distintos pintores y mecenas, pocos años después comienza a presentar sus obras en los certámenes internacionales y en el Salón de los Artistas de París, lugar al que todos aspiran en busca de prestigio internacional, "El aplauso extranjero es el que más vale y más ruidosamente suena", escribía también Blasco Ibáñez en la misma crónica antes citada. El reconocimiento internacional de su obra y la posterior consagración final que consiguió con su gran exposición individual en la Galería Georges Petit de París en 1906, fue posible gracias a todos los éxitos cosechados en esta etapa, sobre todo en París, pero estos se debieron sin duda a su talento artístico, su manejo de la luz y el color, el colorido de su paleta, la maestría en la utilización del color blanco, su pincelada suelta, o a su original y moderno estilo. Sigue escribiendo Blasco Ibáñez: "Considero inútil hablar aquí, una por una, de las obras que Sorolla tiene en la Exposición. ¿Para qué? La crítica se ha ocupado de ellas, tributándolas elogios justísimos..." No puedo estar más de acuerdo y desde aquí estas líneas no pretender más que ser una invitación a quien las lea a visitar y disfrutar de esta fantástica e importante exposición que se ha ubicado en el mejor de los escenarios posibles.












Joaquín Sorolla (1863-1923) fue un pintor prolífico, con una producción de unas 4000 obras catalogadas de las cuales se han seleccionado, para esta muestra, una pequeña parte con la que se ha pretendido mostrar el triunfo y reconocimiento internacional del artista valenciano. La exposición Sorolla en París se compone de 66 cuadros  pertenecientes a distintos museos, instituciones culturales o colecciones particulares de los cuales algunos de ellos nunca han sido expuestos o presentados en España. Todos estas obras fueron seleccionadas, en su momento, por el mismo Sorolla para ser presentados en los grandes certámenes internacionales como el Salón de París, la Bienal de Venecia o las Sezession de Múnich, Berlín y Viena: obras de estudio, pinturas seleccionadas y presentadas en los grandes salones, escenas a la orilla del mar, tema por excelencia en Sorolla, o en la costa valenciana (me encanta especialmente la serie dedicada a Jávea, una localidad que visito a menudo), paisajes y jardines, los retratos intimistas de su familia...

Sorolla en París se puede visitar desde el jueves 24 de noviembre hasta el 19 de marzo de 2017 en la Casa Museo Joaquín Sorolla que se ubica en número 37 del madrileño Paseo del General Martínez Campos, un edificio que el pintor ideó y ordenó construir para vivir y trabajar, un proyecto personal en el que él mismo participó con el fin de tener a su familia cerca de su lugar de trabajo. Esta casa-museo, que fue la vivienda del pintor y su familia desde 1911, es una de las mejores "casas de artista" que se conservan en Europa. A ella se accede tras pasar tres jardines, diseñados también por el pintor para su disfrute, preciosos en cualquier época del año pero que la lluvia este día había dotado de un encanto especial añadido. Su misión principalmente es conservar y exponer el legado de Sorolla entre otros, con exposiciones temporales y la colección permanente. La exposición que se muestra ahora, se desarrolla entre las salas I y II, que son parte del antiguo almacen, taller y estudio del pintor y en las salas IV, V, VI y VII situadas en la planta primera, en la zona doméstica, a las que se accede tras pasar por el antiguo despacho de Sorolla que aun conserva el mobiliario y la decoración de la época, supone un fascinante recorrido, un fabuloso viaje por ese éxito internacional que logró Sorolla tan justamente merecido.














MUSEO SOROLLA
C/ General Martínez Campos, 37
28010 - Madrid
http://www.mecd.gob.es/msorolla/

Horario:
martes a sábado  9:30–20:00
domingo                10:00–15:00
lunes                       cerrado

"Sorolla en París":  acceso con pase horario
24 noviembre 2016 - 19 marzo 2017



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martes, 15 de noviembre de 2016

Esta también es una superluna





No tenía este guardado en mi agenda este proyecto artístico que encontré recientemente sobre el ciclo de la luna para sacarlo del interior de sus páginas y hablar de él cuando hubiese una superluna como la de ayer, pero hoy me ha resultado realmente buena la ocasión para hacerlo, porque este trabajo de la artista urbana Mademoiselle Maurice me parece tan grande y tan especial como la propia Luna llena que pudimos contemplar esta noche pasada, una luna que se ha apreciado más luminosa que nunca, que nunca en mi vida, claro, porque superlunas hay muchas, este año y todos los demás, una luna tan grande y tan brillante como no se ha visto en 70 años y como no la veremos igual casi en otros 20. Por algo se la llama superluna !!








Cycles Lunaires es el título de uno de los últimos trabajos de la artista francesa que firma con el nombre de Mademoiselle Maurice, una joven creadora, de formación en arquitectura, que tras tener un inicio profesional en esta disciplina como arquitecto en Lyon, se trasladó por un año a Japón, país donde aprendió origami, el arte japonés del plegado de papel, el cual incorporó a su proceso creativo como medio de expresión y con el que hizo allí sus primeras intervenciones de Street Art.

Mademoiselle Maurice ha realizado intervenciones urbanas en distintas ciudades de todo el mundo, instalaciones en espacios al aire libre, galerías, museos o participaciones en festivales de arte urbano como se puede ver pinchando aquí, en su página web, pero ha sido París, una de las ciudades donde reside y trabaja, la elegida para llevar a cabo este asombroso proyecto realizado con poco más que papel plegado.













Cycles Lunaires es una instalación evidentemente efímera, colorista y visualmente muy atractiva y ya solo por eso me encanta, pero además es una intervención urbana positiva y esperanzadora dentro del entorno urbano donde se ha realizado: un antiguo barrio del distrito 13 de París, en proceso de transformación, en el que algunos de sus edificios van a ser remodelados o destruidos para dar paso a otros más modernos que convivirán con otros tantos nuevos espacios públicos en esta zona del sur de la ciudad. La obra de Mademoiselle Maurice sobre el ciclo lunar, que ha realizado en colaboración con la Galería Mathgoth, especialista en la promoción de arte urbano, y en la que han participado artista y público (involucrando a los ciudadanos con una votación sobre el diseño y estableciendo con ello un diálogo entre el proyecto artístico y el público), es una "supercreación" en mi opinión, tanto por su idea y su concepto, por la dificultad técnica de la realización a la que se sumó el mal tiempo meteorológico que la complicaba aun más, por el fascinante resultado final como por sus imponentes dimensiones, quizá es el mural más grande que se haya realizado en París. Mademoiselle Maurice ha dispuesto más de 15000 aves de origami, para las que ha empleado más de 150 horas en el plegado del papel) en la fachada de 2000 metros cuadrados de un edificio de la Rue Paul Bourget que será demolido a finales de año, una fachada de 140 metros de largo y 15 metros de altura que previamente ha pintado de color negro con 500 litros de pintura. Tres semanas ha sido el tiempo que tardado en realizar el montaje in situ y unos tres meses aproximados el tiempo que ha permanecido o iba a permanecer expuesto, no sé bien, desde junio hasta agosto. París no me pilla a la vuelta de la esquina, que bien quisiera yo, y por tanto, y porque no he encontrado noticia alguna, desconozco que cantidad de "maurigamis" (maurigamis es el término que ha utilizado la artista para denominar sus origamis tratados con una capa de pintura que les hace más resistentes) quedan aun pegadas en el muro. Quizá con la llegada del mal tiempo se hayan caído la mayoría de aves como se están cayendo ya las hojas de otoño.







El monumental mural Cycles Lunaires es una obra sorprendente no solo por su atractivo visual, que resalta alegremente sobre el gris propio de la gran ciudad, sino también por su significado y en ella se traduce la necesidad de la artista por establecer y expresar un vínculo artístico entre el hombre y la naturaleza, algo que le llegó a Mademoiselle Maurice por su sensibilidad a algunos desastres naturales ocurridos en el país donde se interesó por el origami. Diversos acontecimientos ocurridos en Japón: el terremoto, y posterior tsunami, más el accidente nuclear de la central de Fukushima, que tuvieron lugar en marzo de 2011 así como algunos elementos de la tradición japonesa como la Leyenda de las Mil Grullas, ave que posee un importante valor simbólico dentro de la cultura japonesa, y la historia de la niña Sadako Sasaki han influido notablemente en la obra artística de Mademoiselle Maurice (en este enlace puedes leer esta antigua leyenda y la historia de Sadako así como los pasos para plegar el papel y construir una grulla de origami). En esta obra, que ha formado parte de la remodelación y reestructuración de una zona urbana de la ciudad de París, la artista, conocedora del elemento desestabilizador que una acción así puede provocar en el ciudadano, ha pretendido lanzar un mensaje de esperanza y optimismo para el hombre así como ha pretendido también llamar la atención sobre la relación de este con el medio ambiente y la naturaleza, sobre el respeto y la preservación del planeta y sobre el relación existente entre varios temas de interés generales para toda su trayectoria artística, como son el reciclaje, la reutilización o la regeneración, con el carácter de renovación propios de los ciclos lunares.







Todas las fotografias que aparecen aquí publicadas han sido obtenidas de la página web de la Galería Mathgoth.









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